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TESTIMONIO Imprimir E-mail

Crónica de una salida a campo

Por Carlos Casas

El día de la patria, el padre Doroteo me contagio su entusiasmo para llevar, al día siguiente, algo de ayuda a algunos hermanos necesitados de las comunidades altoandinas cercanas a la laguna de Rontoccocha. Aún siendo feriado, me pareció simpática la idea de obsequiar algo de mi tiempo libre a esas personas. Acepte encantado, aunque no solo por motivos altruistas, pues esa salida me permitiría llevar de paseo por nuestra encantadora campiña a mi hijo, junto con mis  sobrinos que estaban de visita en Abancay.
Así pues, el Miércoles 29 aproximadamente a las nueve con treinta cargamos las dos camionetas y acompañados de la madre Ana María, postulantes al noviciado de la madres Carmelitas, Nieves y Félix compañeros de trabajo, partimos rumbo a las alturas, no sin antes decir unas oraciones y pedirle al Señor una tranquila excursión. El padre Doroteo iba al volante de una de las camionetas y yo conducía la otra.
 

A medio camino, nos detuvimos frente a una humilde casita situada a la vera del camino, donde encontramos a dos pequeñas, de cinco y ocho años aproximadamente, que hacendosas  luchaban por mantener encendida una pequeña hoguera sobre la que en una viejísima y tiznada olla hacían hervir algunas papitas toscamente peladas, para su merienda del día. Los papás, cumpliendo sus labores campesinas, se habían ausentado a pastar su ganado y atender sus terrenos, dejando a las criaturas completamente solas.

 


Todos observamos conmovidos este cuadro, en particular los chicos citadinos comparando la suavidad de su vida con la dureza que les tocaba enfrentar a esas nenas. Sucias, descalzas y mal abrigadas, esas niñas nos llenaron de dulzura con sus tiernas e inocentes miradas.
Luego de entregar algunas cositas que de alguna manera, esperábamos, ayudasen a paliar en algo su pobreza, continuamos la marcha. En el camino continuamos dando una y otra cosilla a las humildes personas que por allí encontramos recibiendo a cambio sonrisas y sentidas expresiones de agradecimiento.
Cerca al mediodía llegamos hasta la punta de carretera, donde debían estar esperándonos los pobladores de esas comunidades, convocados previamente. No encontramos a nadie,  solo la fría brisa nos recibió, en el marco agreste de un bello paisaje andino. Algunos bocinazos, que se desparramaron con nitidez en el abrumador silencio de las alturas, debían avisar que habíamos llegado.

Luego, a iniciativa del padre Doroteo, nos dirigimos hacía la laguna de Rontoccocha, que estaba a pocos kilómetros de allí, dejando los vehículos estacionado a un costado de la carretera.
Emprendimos a pie la pequeña travesía, cruzando una pequeña quebrada para luego ascender por disimulados caminos entre los pajonales.
Mi hijo, desacostumbrado a esos terrenos, tropezó y al apoyarse se lleno la palma de la mano de pequeñas espinas. Me llamo y prestamente fui en su auxilio, sacándole la mayor parte de ellas, no todas, porque una le dolió y ya no quiso que le sacara ninguna más. Así estuvo algunas horas hasta que pude retirárselas en casa, premunido de una pinza y la ayuda de mi mamá para tranquilizarlo.

Mientras le brindaba los primeros auxilios, el grupo se adelanto, quedando solo los pequeños que ya no quisieron continuar solidarios con el accidentado y espinado David.
Así pues, partí solo tras los exploradores que se habían adelantado. Mi sobrepeso y algunos años de más no colaboraron a que hiciese una ascensión rápida, por lo que, en la cima de ese cerro me encontré solo, extraviado y  sin encontrar huellas de presencia humana por ningún lado.
Sin resuello y mareado por la falta de oxigeno, me acerque a beber algo del agua cristalina  que brotaba de un manantial debajo de una gran roca que coronaba la cima.  Me moje las manos y las sienes y luego trate de recuperar el aliento mientras observaba alrededor.
En el terreno fangoso al pie del manante, descubrí con no poca sorpresa, las huellas de un gran gato que había estado por allí. Eran huellas enormes, bastante más grandes que un puño, muchas huellas. Un puma grande deduje, y en el silencio ominoso de esas punas me sentí vigilado desde algún lado. Por precaución, incentivado por el susto, descendí rápidamente, pensando que podría ser que el felino, que por ahí rondaba, tuviese ganas de darse un buen banquete a costa mía.

Poco después nos reunimos todos, junto a los vehículos, y una pobladora del lugar nos conto  que, efectivamente, había un puma grande por esos lares que constantemente hacía estragos entre sus rebaños de ovejas, no contentándose con matar a una, si no matando e hiriendo a varias, comiendo un poco por aquí y otro por allá. ¡Vaya depredadorcillo!, me dije.
El puma pronto pasó al olvido con la actividad de entrega que realizamos a continuación.

Empezamos haciendo formar a los pobladores, separándolos por género y edad, ya se habían congregado bastantes para entonces. Como es costumbre entre las gentes de campo, nos regalaron abrazos y abundantes sonrisas agradecidas, al recibir frazadas, ropa de abrigo y botas, acopiados en la campaña que Caritas del Perú hiciera conjuntamente con RPP. También entregamos algunos víveres a todos y cada uno de ellos.

Luego todos dijimos juntos algunas oraciones y se tomaron algunas fotos, antes de emprender el regreso. Eran ya más de las 2 de la tarde.
Algunas personas nos pidieron que las lleváramos, lo que hicimos con algunas mujeres y niños, pues no había campo para todos. Acomodamos a algunos en la cajuela de la mejor manera que pudimos, dimos algunas advertencias y partimos.
Raudo, el padre Doroteo, para entonces ya me había sacado buena ventaja.

Un poco más abajo paramos  para compartir un sabroso refrigerio que llevo la madre Ana María, junto con algunas papitas hervidas que nos invitaron los comuneros de ese lugar. Despachamos en un santiamén los alimentos con alegría y buen apetito, antes de proseguir el viaje.
Cuando ya descendíamos, nos hicieron señas desde la casita, donde al subir, encontramos a las niñas solas. Había algunas personas más allí. La más pequeña se había accidentado, cayendo  en una zanja y haciéndose una herida en la cabeza.
Con el kit de primeros auxilios del vehículo, no pudimos hacer más que limpiarle la zona herida, recortando con cuidado los cabellitos endurecidos por la sangre seca y echarle un poco de Sulfa en polvo en la abertura que se había hecho en el cuero cabelludo, luego de lavarla profusamente con agua oxigenada.
La nenita, valientemente soporto la curación, gimiendo quedamente, mientras yo trataba de recordar los principios básicos de los primeros auxilios, procediendo con la mayor delicadeza posible.


Luego, con pena subimos a los vehículos y continuamos viaje con el corazón oprimido, pues muchas veces, como esta, duele no poder hacer más, somos tan solo un humilde instrumento del que se vale el Señor para cuidar de su rebaño.
Entrando a la ciudad se nos hizo mucho más entendible el viejo proverbio que dice “es más lindo dar que recibir”, cuan cierto era, y cuan paradójico a la vez. Meditándolo,  no era sencillo  concluir quien había dado y quien había recibido. Al final concluimos que nosotros fuimos los más beneficiados, pues aquellos pobres campesinos, con su pobreza material, con su humildad y su gran fortaleza, nos enseñaron la forma en que uno debe enfrentar la vida.
También se evidenciaron las múltiples bendiciones con que el Señor nos ha colmado,  y que muchas veces, aún gozando de su presencia a diario, no sabemos apreciar en su debida valía; la familia, los amigos, el  hogar, la certeza de tener comida, techo. lecho y el hecho de podernos ganar el sustento con un trabajo, que siempre podemos y debemos dedicarlo al Señor.
 

 
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